Erik Del Bufalo, una de las mentes más preclaras de Venezuela y amigo de esta casa, nos acompaña en un diálogo breve pero enjundioso sobre el tradicionalismo auténtico y los peligros de la contrainiciación.
Empecemos haciendo una distinción que, aunque nos parezca elemental, suele generar muchas confusiones. La tradición, en su acepción vulgar, es histórica y cultural; consiste en la transmisión de costumbres —o mores— y se vincula al folclore. Es de suyo mutable, ya que está condicionada por el contexto y, en consecuencia, es susceptible de desaparecer. La Tradición primordial, por su parte, es la Verdad metafísica universal: el núcleo esotérico subyacente a todas las vías espirituales auténticas que, aun con distintas expresiones exotéricas, poseen principios trascendentes e inmutables que constituyen una unidad esencial. La Tradición primordial no puede desaparecer; sólo se olvida o se oscurece.
La Tradición primordial o perenne no es una costumbre, ni un atavío, ni nada ligado a la historia, ni mucho menos folclore; tampoco depende de las culturas o de las lenguas humanas. Son las claves de la Creación que, de algún modo, fueron transmitidas al ser humano y que permanecen en la luz de los maestros y de los signos, que son sus guardianes.
Hay épocas en las que estos signos —que se vuelven también modos de obrar y de construir ciudades y culturas— son más claros, y otras en las que son más oscuros. Así pues, podemos decir que la Tradición perenne no muere, sino que se oculta o se olvida; es recordada por pocos en unas épocas y por muchos más en otras. Nuestra época es particularmente oscura (lo que los Vedas llamarían el Kali Yuga), porque es el tiempo donde más se ha olvidado, o donde es menos transparente, la Tradición perenne.
Abordemos una idea central de todo pensamiento que se postula antimoderno: la noción de la caída o del paraíso ya realizado. En suma, la convicción donosiana de que el mundo no progresa, sino que retrocede; esto es, la decadencia. Podríamos decir que la decadencia, dentro de la Tradición, no se da en forma lineal. Tiene que ver con el alejamiento de lo sagrado dentro de un ciclo. No se reduce a eventos históricos, por importantes y decisivos que sean (el conflicto entre güelfos y gibelinos, la Revolución francesa, etc.). Es más bien una retracción de lo sagrado o el olvido de la guía divina, que es como interpreta Qutb la Jahiliyyah.
Son los eventos históricos, por el contrario, los que dependen de la opacidad o el oscurecimiento del espíritu en relación con la Fuente (es decir, en relación con la filosofía perenne o la Tradición primordial). Entonces, más bien, lo que nosotros llamamos «historia» —que es el periodo desde la invención de la escritura con sus ciclos arbitrarios y sus fechas, que lo son aún más— entraría en una imagen opaca del tiempo. Tal imagen es falsa desde el punto de vista de la Tradición, tanto por nuestra construcción lineal de la historia como porque marca un origen y un final; un final que es mesiánico.
Esto lo hablamos una vez, y debes recordarlo: hay varios «mesías». No está sólo el mesías religioso, sino que también está el mesías de la ciencia, el mesías de la economía y el mesías de la política, que corresponden a un vector y a un lapso de la oscuridad. El brahmanismo diría que es un momento de la «respiración de Brahma». No hay que ponerle fechas a la Tradición, aunque estas nos sirvan para marcar momentos sintomáticos de mayor o menor oscurecimiento. Podemos decir que la época más oscura empezó a finales del siglo XVIII y que ahora estamos entrando en el punto más oscuro de la época más oscura.
Hay dos expresiones muy claras del oscurecimiento: una es la que marcó René Guénon con «el reino de la cantidad», pero que también señaló con la idea de la modernidad, de la emancipación del hombre de la Creación y el hecho de comenzar un nuevo destino para él a partir de sí mismo.
Este «sí mismo», en la tradición islámica, es el Shaitan; en la tradición cristiana es el principio luciferino y, en la tradición helénica, es el síntoma prometeico: la creencia de ser autosuficiente y de que se puede estar más allá de la voluntad divina y de las leyes de la Creación. Lo vemos muy claramente con el posthumanismo; por ejemplo, con las pretensiones o delirios posthumanistas actuales.
Usted —y esto lo hemos discutido en varias ocasiones— no tiene en alta estima a los intelectuales; entre otras cosas, por el origen progresista del término en el marco del Affaire Dreyfus. Jacques de Mahieu decía, siguiendo la clasificación de los gunas, que la decadencia comienza en las élites: en la corrupción de los elementos sátvicos y rajásicos que, a su vez, termina por permear al resto del cuerpo social. Especialmente los intelectuales, esos que, con su falsa claridad —la luz luciferina—, confunden a los tamásicos en esta civilización del espectáculo. Es el caso, por ejemplo, de los Nouveaux Philosophes o los New Atheists.
Los sátvicos, podemos decir, son los intelectuales y las élites espirituales en general, incluyendo las élites sacerdotales. Los rajásicos son las élites económicas. Los tamásicos son la parte más baja de la pirámide; lo que llamaríamos «el pueblo» en nuestro vocabulario posrevolución francesa. Esto es así, por supuesto, porque la decadencia siempre va de lo alto hacia lo bajo: todo va del cielo a la tierra.
Es importante que no lo veamos como si dichos grupos «tuvieran la culpa», porque eso sería creer que tienen un poder de descomposición de la Creación; cuando, en realidad, son sólo el síntoma o el signo de que todo ha sido consumado. ¿Qué significa esto al final? Que, así como la descomposición empieza por arriba, también empieza por arriba la restauración; es decir, el movimiento de expansión de luz hacia la Tradición.
Eso se traduce siempre como un cambio de élite. Lo vemos en la historia humana: siempre aparece una inquietud abajo, en el tamas (en el pueblo, que es el que más se sacrifica y el que más sufre), que genera una demanda, presiona hacia arriba y produce un cambio de élite. Las élites que vengan no serán necesariamente mejores que las actuales, pero el cambio es inevitable. Todo depende de en qué momento del Kali Yuga estemos: si vamos hacia el verdadero final, el cambio de élite debería ser para mejor, porque empezaría un proceso de cerca de un siglo y medio de reconstitución hacia una época más luminosa.
Discutamos la relación —a veces compleja y contradictoria, pero que sin duda existió— entre el tradicionalismo y expresiones políticas terceristas y nacionalistas. Particularmente por vía de Evola, quien, no obstante, marcó diferencias con el régimen mussoliniano en El fascismo visto desde la derecha y siempre consideró a la nación como algo menor frente a la forma imperial del Estado.
El nacionalismo, el costumbrismo, los valores de la extrema derecha moderna son una parte del problema de la contrainiciación; no son ellos mismos una iniciación. Esto se aprecia en la vacuidad del gesto con respecto al acceso del espíritu a la Tradición perenne.
Mucha gente aplaude, por ejemplo, que alguien se ponga la capa española o que las mujeres usen mantillas, como si aquello constituyera en sí mismo un camino genuino hacia la Tradición.
Un culto a las formas externas. El kitsch scrutoniano, que no es el mismo de Benjamin.
Sí, completamente kitsch en el sentido de Scruton: se vuelven formas vacuas, banales. Es lo que Fulcanelli llama la vanitas: esa idea, propia del fin de los tiempos, de pensar que «el hábito hace al monje».
Atávico no es sinónimo de Tradición. Estas creencias son muy fáciles de manipular por los modernistas, y no hay nada más manipulable que la extrema derecha moderna, la cual es solamente reactiva, una vez que ha perdido todo principio metafísico. Es fácil de ver en nuestros días, como la cultura pop que atraviesa a todos en los EE. UU., desde sus clases más populares hasta sus pseudoélites, que no son sino instrumentos de lo que Fulcanelli llama «los falsos demiurgos». ¿Quiénes son estos falsos demiurgos? Son iniciados, que de un modo contrainiciático, utilizan las finanzas, el poder militar, la política y la cultura para darle forma al mundo, o deformarlo, a su conveniencia.
Y sobre Evola…
Evola fue gran lector de Guénon y de muchos otros, y tiene cosas muy útiles. Yo pienso que Cabalgar el tigre, que es una teoría de la sexualidad sagrada, es un libro que todo joven debería leer. Pero, así como tiene puntos valiosos, tiene otros que yo llamo contrainiciáticos, porque pretende que lo político (lo militar-guerrero) puede sustituir a las élites sacerdotales; esa es esencialmente su tesis y resulta muy problemática, porque va en contra del acceso a la Fuente y más bien entierra el problema en la inmanencia de lo contingente —en el tiempo presente, pues—. Entonces, más que ser un movimiento de trascendencia, es un movimiento de contingencia y, en ese sentido, yo no estoy de acuerdo con Evola.
A modo de adenda, presentamos esta bibliografía que recomienda el profesor Del Bufalo para ser leída en orden de iniciación:
- Louis Cattiaux, El mensaje rencontrado.
- Fulcanelli, Las moradas filosofales y Finis Gloriae Mundi.
- Henry Corbin, El hombre de luz.
- Frithjof Schuon, El esoterismo como principio y como vía.
- René Guénon, La crisis del mundo moderno y Los estados múltiples del Ser.
- Joseph de Maistre, Veladas de San Petersburgo.

