Ernesto Milà Rodríguez (Barcelona, España, 1952) es una figura lúcida e insobornable del pensamiento nacional-revolucionario y eurocontinentalista. Investigador, periodista, militante político, bloguero de relieve en su bitácora de Info-Krisis, editor de obras de gran interés sobre historia, esoterismo, teoría política, sociología y otras materias con su propia editorial, EMInves; es, además, un agudo analista de la realidad cotidiana. En el curso de su dilatada trayectoria ha visto de primera mano procesos de cambio social en Europa y América, y hoy nos ofrece, siquiera brevemente, algunas de sus impresiones y experiencias más reveladoras.
Siendo, como es, y como además ha escrito recientemente, un defensor de la unidad europea (y un reivindicador de la figura de Jean Thiriart en sus primeros momentos), ¿qué opina de aquellos que piensan que Europa nunca ha sido menos que cuando se ha movido hacia la unificación política? ¿Es un argumento redimible en algún aspecto o sólo en lo tocante, como bien ha observado, a la UE en la forma que ha adoptado, la de la Europa de los Mercaderes y «pata regional de la globalización»?
Desde muy joven me he sentido europeo. A partir de 1945, la aceleración de la historia hizo que los «Estados nación» ya no estuvieran en condiciones de competir con los «imperialismos» que se habían impuesto. Eso fue precisamente lo que me atrajo del «primer Thiriart»: el reconocimiento de que la «dimensión nacional» ya no era la adecuada para responder a los problemas de la postguerra.
Thiriart reconocía que la Comunidad Económica Europea era la mejor de las «Europas» que podían concebirse. Pero las esperanzas iniciales se torcieron pronto. Hoy, la Unión Europea está resultando un fracaso en todos los órdenes, estimulando el «euroescepticismo». La Europa de la UE es la única parte del mundo en el que su burocracia se toma en serio la Agenda 2030, la corrección política, los estudios de género y demás zarandajas. No es raro, por tanto, que «Europa» ya no pese nada en el mundo.
La crítica que hacía Thiriart en los años 60 a la Comunidad Económica Europea era a la «Europa de los Mercaderes», luego otros criticaron la «Europa de los tecnócratas», pero en la actualidad, estamos en un nivel aún más bajo: si Europa estuviera dirigida por tecnócratas, sabrían perfectamente que el pacto agrícola, por poner un ejemplo, es inviable y contraproducente y que la aceptación de todas las sugestiones del mundialismo (multiculturalidad, sociedades multiétnicas, Agenda 2030) y del globalismo (mercado único mundial libre de aranceles, comercio mundial sin barreras), no sólo van en detrimento de los europeos, sino que comprometen su futuro.
Y aquí está el problema: ir hacia atrás, con una restauración de las soberanías nacionales, no solucionaría nada, porque hoy nos encontramos inmersos en una «política de bloques» y no hay espacio para la dimensión de los Estados nación europeos; pero tampoco se puede seguir adelante con la «construcción europea» que nos proponen desde la cúpula de la UE.
Así pues, creo que la consigna a seguir sería: «Sí a Europa, pero no así» (que no recuerdo quien utilizó como eslogan electoral hace algunas décadas).
Y esto implica para España renegociar el acuerdo con la UE o bien romper con este engendro burocrático y orientar los esfuerzos hacia una aproximación a las naciones iberoamericanas. Lo paradójico del caso es que la UE sigue siendo hoy la «pata regional de la globalización», cuando la globalización murió con el inicio del conflicto ucraniano.
En el año señero, por literario, de 1984 le concedió una entrevista a Manuel Vázquez Montalbán para su libro Mis almuerzos con gente inquietante. En aquella entrevista ya advertía de que los «regres» no eran más que «progres» en sentido contrario. ¿Cree que estos «regres» han desaparecido por completo del panorama social o quedan resabios de ellos en alguna parte? ¿Podrían de alguna manera los tecnoligarcas de Estados Unidos, inspirados por ideas como el neorreaccionarismo (Nrx) de Curtis Yarvin, ser homologables de alguna manera a los primeros?
Me entendía muy bien con Vázquez Montalbán porque ambos teníamos un sentido del humor muy parecido. Reír es importante. Y reír juntos puede evitar asperezas con gente procedente de otras experiencias políticas. Hay que desconfiar de la gente que ha renunciado a reír.
La acumulación de fracasos progres, de propuestas enloquecidas surgidas de este sector (la mayoría, por ejemplo, de «estudios de género» que suponen el fundamento al complejo LGBTIQ+, se deben a gentes absolutamente amargadas, chaladas y «raritas»), el que cada «avance progre» se haya convertido en una fuente de problemas nuevos y de inestabilidad social, coronado por el wokismo, es lo que ha facilitado el que el péndulo esté oscilando en sentido contrario.
¿Es inevitable que las tendencias sociales se desplacen de un extremo a otro? La solución que da Curtis Yarvin es un gobierno corporativo (en el sentido del «poder para las corporaciones», no en el sentido mussoliniano), con la dictadura de un CEO… No creo que esa sea la solución, ni siquiera el reconocimiento explícito que hace de que la democracia está muriendo.
Lo fundamental para evitar el baile del péndulo es reconocer de manera clara que las bases de la democracia son falsas: la igualdad es pura ficción, no existe igualdad en la naturaleza; no existe bondad natural en el ser humano; el sistema electoral numérico es imperfecto e injusto; la jerarquía es la única forma de organización de una sociedad racional y razonable. Los neorreaccionarios norteamericanos -hay tantas variedades, prácticamente, como intelectuales de esta corriente- no están de acuerdo en algunos de estos puntos y es significativo que hayan aceptado el nombre de «ilustración oscura».
En mi opinión han seleccionado elementos muy parciales de todo el pensamiento antidemocrático de los siglos XIX y XX (incluido Evola del que tienen una aproximación muy limitada por parte de Steve Bannon), pero sin conocer estos pensadores a fondo. Han elaborado un pastiche inestable. Y todo para justificar de manera apriorística el punto al que querían llegar desde el principio: el gobierno corporativo y la dictadura de un CEO. Esta forma de neorreaccionarismo Nrx es una forma de pensamiento complementario al transhumanismo que, a fin de cuentas, se centra, no tanto en las corporaciones como en la proyección de las nuevas tecnologías por parte de nuevas corporaciones.
Hoy, la «gran negación» debe partir del rechazo al pensamiento «ilustrado» (iluminista, oscuro o mediopensionista) y, sobre todo, ser consciente de que el «progreso» de nuestras sociedades es unidimensional y se reduce únicamente a la esfera tecnológica, mientras que, en todos los demás elementos, hay que hablar de decadencia, sólo de decadencia y nada más que de decadencia.
Y esta es la gran contradicción de nuestro tiempo: un teléfono móvil conectado a la red y a la IA puede ser un instrumento precioso en manos adecuadas, pero ¿cuánta gente lo utiliza para interminables conversaciones banales, escuchar músicas aberrantes, quemar su tiempo de ocio de la peor manera posible? Respuesta: la mayoría. Lo vemos cada día en las calles, en los transportes públicos…
Así pues, cualquier proyecto de «reforma revolucionaria» debe partir de la negativa a reconocer la «voluntad general» y la «soberanía popular». Así pues, ¿dictadura?, sí, claro que hoy es necesaria una dictadura al estilo romano para afrontar peligros concretos y resetear drásticamente los errores en los que han caído nuestras sociedades. ¿Jerarquía? Quien dice jerarquía, dice complementariedad; jerarquía antes que igualitarismo a ultranza.
Ahora bien, ¿en función de qué una jerarquía es tal y una dictadura puede ser asumida? ¿En función de la eficacia del CEO en su gestión como propone Yarvin? Creo que no es lo ideal, por mucho que la ineficiencia de los actuales gobiernos sea cada día más palpable. En este siglo a Evola: no hay más jerarquía, ni más autoridad que la «espiritual». Ningún fundador de una religión (salvo quizás Mahoma y acaso por eso el islam es diferente a cualquier otra religión) se ha impuesto por las armas ni por la eficiencia de su gestión temporal, sino por una especie de magnetismo, yo diría, no humano, que lo trasciende. Y es que aquel que se ha dominado a sí mismo, puede dominar a los demás por su mera presencia.
Como dice el refrán, a veces atribuido a Cervantes: usted ha andado mucho y ha leído mucho y, por tanto, ha visto mucho y sabe mucho. Si tuviera que escoger un libro de entre todos los que ha editado, por su puro valor literario, aunque sea un libro de ensayo, ¿cuál sería?
Gracias por los inmerecidos piropos. Yo nací en una familia que, literalmente, devoraba libros. Yo mismo llegué a tener una colección muy notable que terminé legando a una biblioteca pública. Hoy, sigo teniéndola mucho mayor, sólo que en formato PDF. Me parece una maravilla poder recurrir a un disco duro de 16 Terabytes que se puede llevar en la mochila, para poder acceder a cualquiera de los miles de libros que considero imprescindibles.
Mi generación ha fracasado a la hora de poder cambiar el mundo, por eso, ahora sólo pretendo entender ese mismo mundo. Y eso es importante, porque cada día el mundo se está transformando a una velocidad creciente. Si no se siguen los cambios a medida que se van produciendo, uno corre el riesgo de no entender nada.
Así pues, comprenderá que no esté en condiciones de recomendar un texto concreto. Cualquier libro escrito con un poco de amor por la Verdad, puede ser un libro decisivo en la vida de una persona.
Dicho lo cual, si tuviera que elegir, a punta de pistola, sobre algún texto que considerase imprescindible para la vida, me decantaría por algo tan sencillo como un manual de meditación solvente. Y, en este terreno, como en cualquier otro, los clásicos mandan. Es la voz del pasado que siempre está actualizada y nunca termina de pasar. Olvidarse de los clásicos es renunciar al conocimiento que ha superado la prueba del tiempo.
En el terreno de la meditación que he mencionado, elegiría un texto que resume en pocas líneas la filosofía existencial: el Sermón de Benarés. Es una filosofía de la vida sobre el origen del sufrimiento y su superación. No es religión, es más bien, una concepción del mundo tan sencilla y simple que todos los demás textos sobran. Y si lo recomiendo es porque es compatible con cualquier creencia religiosa que se profese. Reconocimiento del sufrimiento como realidad cotidiana, causa de ese sufrimiento, forma de extinguir el sufrimiento y enunciado de la vía para lograrlo. Todo lo demás, me parece superfluo en mayor o menor medida.
En su libro de La doctrina excéntrica hablaba de las raíces del pensamiento de José Luis Rodríguez Zapatero y cómo éste no estaría vinculado a la masonería, sino en todo caso a un subgrupo de la masonería irregular. En este libro además habla de la influencia que esa masonería irregular habría tenido en la conformación del pensamiento, por supuesto, no sólo de Zapatero, sino del funcionariado de organizaciones supranacionales como la ONU o la UNESCO. En Info-Krisis y en otras publicaciones a menudo ha hablado de la masonería y sus símbolos (la plomada y el nivel, la piedra desbastada, el cubo y la pirámide, etc.). Si vivimos en un momento crítico para lo que denomina el dinero viejo o los poderes de la Tercera y Segunda Revoluciones Industriales (los poderes financiero-industriales) que dominaban la política en favor de los dueños de las tecnologías disruptivas, ¿qué ha quedado o podría quedar de la influencia de los postulados masónicos en el futuro? ¿Como las propias élites que los sostenían, quedarán preteridos?
La doctrina excéntrica tiene como 20 años. Cuando lo escribí no existía ni la Agenda 2030, ni muchos de los temas que hoy son instrumentos del progresismo. La masonería tuvo participación en la creación de la ONU (alguna obediencia masónica -la masonería es múltiple, no existe una sola masonería, ni un único «centro de decisión» masónico- proclamó que en 1945 se había inaugurado «la era de la Luz») que, contrariamente a lo que se cree, ni ella, ni sus agencias especializadas, son asambleas de delegados de cada una de las naciones que las componen (no confundir la institución con solamente la Asamblea General), sino cuerpos funcionariales autónomos que utilizan el «prestigio» de cada una de las siglas para presionar a los gobiernos hacia determinadas orientaciones. Estos cuerpos funcionariales están muy influidos por corrientes neo-espiritualistas surgidas en el siglo XIX. La masonería, sin duda, pero también la Sociedad Teosófica y sus múltiples prolongaciones que comparten desde el principio las ideas «mundialistas». De ahí han surgido todos los mitos progresistas, resumidos en la Agenda 2030. Antes de eso, Zapatero, había elaborado lo esencial de sus ideas «buenistas» en su «Alianza de Civilizaciones» (que todavía existe bajo los auspicios de la ONU).
Luego está todo el problema de las «revoluciones industriales». La cuarta es la que está en curso. No debemos olvidar que los propietarios de las tecnologías que irrumpen en cada revolución industrial son quienes terminan dictando las reglas del juego durante el período en el que son hegemónicos. Los principios masónicos están vinculados a la primera y segunda revolución industrial. En otras palabras, hoy son residuales y pesan muy poco, salvo en algunas instituciones muy concretas: el Pentágono, en Scotland Yard y en la ONU (mezclado con corrientes teosóficas como he dicho).
El poder de la banca se ha prolongado en las tres primeras revoluciones, pero hoy las tecnológicas prescinden casi por completo del préstamo con interés: sus beneficios se obtienen con poca inversión y menos personal, pero con un gran valor añadido. Esto favorece que su crecimiento sea más rápido que el de cualquier multinacional (forma que adquirieron las corporaciones durante la tercera revolución industrial) y muchísimo más rápido que el poder de la banca.
Esto explica muchas cosas: en primer lugar, que los primeros multimillonarios de la lista Forbes, procedan de las tecnológicas en detrimento de las dinastías financieras; en segundo lugar, la aparición del «dinero nuevo» que terminará imponiendo sus reglas del juego (como antes hicieron multinacionales, banca, industria pesada, comercio colonial, etc., en las tres revoluciones industriales anteriores).
Volviendo a la masonería, de no ser por su presencia en la ONU, la masonería sería hoy una organización anecdótica, recuerdo de un pasado olvidable vinculado a la existencia de las revoluciones liberales. En cuanto al simbolismo constructivo adoptado por la masonería, procede directamente de las corporaciones de canteros y constructores medievales, pero, no así su espíritu, «moderno» y, por tanto, «antitradicional». No hace falta ser iniciado en la masonería, para entender y asumir el simbolismo que utiliza la masonería.
En España, claro está, la masonería a partir de su reconstrucción en los años 80, registró afiliaciones procedentes de todos los partidos (incluidos, la derecha estatal y regionalista), pero con una preferencia notable por el PSOE. Y eso es lo que explica que los gobiernos socialistas adopten algunos principios masónicos en sus programas. Pero -y esto es lo fundamental- no se debe tanto a la importancia de la masonería en España como a la influencia que tiene la masonería en la ONU y en la UNESCO.
Quisiera terminar diciendo que la complejidad de nuestro tiempo es tal que sería un error hablar de una sola influencia en el desarrollo de los acontecimientos nacionales e internacionales: son muchos los grupos de presión que interactúan y no siempre sus áreas de influencia están completamente claras. Lo que hay que quitarse de la cabeza es que exista una «conspiración mundial» bajo una dirección centralizada. Quien intenta explicar los acontecimientos mundiales a partir de este postulado, terminará por no entender nada y llegar a callejones sin salida.
El único patrón que puede establecerse para prever el futuro es el que antes he dicho: que los propietarios de las nuevas tecnologías dictan las reglas del juego desde el momento en el que son hegemónicas. Aquí puede aplicarse aquello de que, a medida de la influencia de unos «crece» (tecnológicas, capital-riesgo), la de otros sectores «mengua» (banca, industria manufacturera). ¿Hacia donde nos llevarán en el futuro? Sólo puedo responder con un dato inquietante: la primera «religión» en Silicon Valley es el «transhumanismo».
Usted mencionaba en un pódcast cómo los caminos de la trascendencia de alguna manera se van cerrando. Un autor como Laurent Guyénot, por ejemplo, habla de que los cristianos, especialmente en Europa, podrían encontrar consuelo o aliento espiritual en la veneración de sus ancestros, un poco al modo que se hace en culturas como la coreana, pero que desde luego no es extraña a la mentalidad occidental, pues la veneración de los ancestros era un componente del sistema de creencias romano. ¿Encuentra en esto una simple ocurrencia o podría tener algún fundamento?
A pesar de no conocer en profundidad las tesis de Guyénot, intuyo que son las de un «autodidacta» que aspira a pasar a la historia de las religiones con una tesis audaz pero que, contemplada en su conjunto, tiene toda la razón en calificarla de simple «ocurrencia». Veo en su pensamiento -hay muchos artículos de Guyénot circulando por la red y traducidos al español- excesiva diversidad de cuestiones en el que se alternan temas religiosos con otros conspiranoicos. Un buen pastiche. Si a alguien le interesa la historia de las religiones, mejor que se oriente hacia Mircea Eliade, cuya obra dista mucho de haber sido superada. Y si alguien se interesa por lo que Evola llamaba «la tercera dimensión de la historia», debería intentar una aproximación desde ángulos más sólidos.
Creo incluso que Guyénot comete algunos errores de base a la hora de analizar el «sionismo», concepción laica que no es más que el nacionalismo judío, nacido con algo de retraso respecto a otros nacionalismos, pero que aspiraba solo a crear un «hogar nacional judío». El «sionismo» no es un «centro conspirativo», por mucho que hoy se aluda a él para evitar la referencia a «los judíos» que podía ser tachada de antisemita y penada como tal.
En fin, creo que es un pensador que hay que tomar con muchas reservas y si se me apura mucho, evitar sus tesis sobre el poder político contemporáneo y sus teorías conspiranoicas.
En donde sí la opinión de Guyénot está mejor fundada en la cuestión de las religiones. Es su especialidad que estudió en París y en Nueva York. Pero también aquí sus tesis pueden ser criticadas. Es muy discutible su afirmación de que lo esencial de las antiguas religiones era el culto a los antepasados. De hecho, Eliade y, antes que él, Fustel de Coulanges, ya aludieron a los «ancestros» y a su culto, pero como una parte de la «visión mágica del mundo» que profesaba el mundo antiguo. Cuando veían una montaña no veían un pliegue de la corteza terrestre sino un lugar en el que detectaban la presencia de determinadas fuerzas de la naturaleza; un bosque, un arroyo, una fuente, eran otras tantas manifestaciones de un mundo inmaterial hecho de fuerzas a las que se atribuían efectos diferentes dramatizadas, con intención pedagógica, en forma de mitos. Fuerzas a las que, mediante el rito, se podía lograr decantar a su favor, incluso en campañas militares. El rito, por increíble que parezca, formaba parte de la estrategia militar romana.
Volviendo al planteamiento de Guyénot; no termino de ver cómo liga los ancestros con el aliento espiritual del europeo moderno y con el cristianismo. Está claro que el respeto a la tradición heredada (o si se prefiere «el culto a los muertos») permite disponer de un apoyo para insertar una palanca que lleve a la reconstrucción de Europa. Pero no es el único, ni siquiera el más importante (antes que eso se encuentra la lucidez para distinguir entre «amigo» y «enemigo»).
Por otra parte, el culto a los muertos profesado en la antigüedad, no era algo romántico o literario, se trataba de una práctica ritual ejercida por el pater familias, sacerdote del culto doméstico, para mantener la continuación del linaje y del hogar. Quizá sea por la pérdida de ese culto que hoy los linajes tienden a desaparecer, existe una crisis de nacimientos, y el padre de familia no pasa de ser una máquina de traer dinero a casa… Si constatamos estas realidades, me parece que las esperanzas puestas por Guyénot en este tema son demasiado optimistas.
Leyéndolo, da la impresión de que tiene ideas radicales pero heterodoxas. De la Nouvelle Droite, toma más de Guillaume Faye que de Alain de Benoist; mientras que del tradicionalismo, toma más de Evola que de Guénon. ¿Es correcta esa lectura? ¿Cree que el pensamiento debe estar orientado a la acción?
Sí, esto es correcto, pero tiene su explicación. Aborrezco la cultura literaria. No creo que, por leer más, se pueda llegar a posiciones más correctas. De hecho, estoy de acuerdo en que el exceso de lecturas puede inducir a confusiones o saturaciones del pensamiento.
También es cierto que determinados caracteres están más volcados a la acción y predispuestos a aceptar tesis que resuenen en el propio interior. Veo más sinceridad en el desprecio por la corrección política de su tiempo en un Evola que en la preocupación de Guénon por no apartarse de la rigidez de sus concepciones (especialmente sobre la iniciación); hay más sinceridad en un Evola que en un Guénon, cuando el primero reconoce que «el camino se hace al andar» mientras que el segundo tiene tendencia a encarrilar a sus seguidores por vías muertas (que si la masonería, que si el islam, o hacia un catolicismo heterodoxo que dista mucho de la línea seguida por el Vaticano). Y lo mismo podría decir de un Benoist, brillante desde el punto de vista estilístico, frente a un Faye que se expresa con la brutalidad de quien ve acercarse un alud y no tiene tiempo de buscar exposiciones elegantes.
Pero, claro está, todo depende de lo que cada uno busque: si lo que se busca son vías de acción, la lectura de Evola o de Faye serán más útiles que si uno está interesado simplemente por una reflexión puramente intelectual, para la que Guénon o Benoist serán preciosos instrumentos. Con ello no quiero decir que el pensamiento tradicional y el de la «nueva derecha» sean coincidentes y compatibles en todo. Dependerá de cada lector, de su comprensión y de su sentido crítico el compatibilizar a todos estos autores u optar por seguir a uno solo de ellos.
Finalmente, no creo que el pensamiento deba estar necesariamente orientado a la acción. Uno de los aspectos más atractivos del «pensamiento tradicional» es el proceso de construcción interior y de conocimiento de uno mismo. Y aquí puede desembocar en tres tipos de personalidad (la atraída por la acción, la que experimenta la necesidad de la contemplación y la que hace de lo cotidiano un objeto de observación y trabajo). En algunas formas de metafísica oriental se dice que la pregunta eternamente repetida de ¿Quién soy yo? es suficiente para llevar a la iluminación. Llegar a una conclusión, conocerse a sí mismo, es lo que determinará las propias capacidades interiores y, consiguientemente, el tipo de lecturas hacia las que orientarse: literatura heroica, literatura mística… En el fondo, el problema de la modernidad es la falta de conocimiento de uno mismo y la ignorancia sobre las propias capacidades y vocaciones.
Ha escrito que Benoist desaprovechó la oportunidad de ser el ideólogo de Jean Marie Le Pen y, por extensión, del Frente Nacional. ¿No le parece que es un error común de pensadores nacionalistas, terceristas o de derecha radical el renunciar a incidir en lo que, en términos marxianos, podría llamarse la «realidad material»? No todo puede ser teorización metapolítica.
Nunca he creído en el gramcismo de derechas. La teorización de Gramsci venía avalada por una doctrina previa, el marxismo, y por una práctica, el leninismo. Gramsci fue ortodoxo en relación a la doctrina marxista y realizó aportaciones a la práctica leninista. En cuanto a Marx, no fue solamente un doctrinario, fue también un activista político al servicio de la Liga de los Comunistas… Sin Marx, Gramsci no hubiera existido y sin Lenin, tampoco hubiera tenido tesis que rectificar. Benoist no tenía nada de todo esto: había abandonado la lucha política a mediados de los 60 y se convirtió en un «divulgador cultural de derechas». La época dorada del GRECE fueron los años 70, cuando los ideales fundacionales quedaban cerca. En aquel momento, Benoist parecía decir: sí, hay que participar en la lucha política, pero, para ello, es preciso estar preparados… algo que, parecía justo. Pero el «entrenador» nunca parecía considerar que el «equipo» estaba suficientemente entrenado para jugar la partida. Luego vinieron los cambios de rumbo, en especial en el tema del Tercer Mundo. El GRECE se estabilizó primero y su influencia remitió después.
Sobre todo, Benoist rechazaba comprometerse con la «vieja derecha». Pero a mediados de los años 80, Monsieur 1%, Jean Marie Le Pen, dejó de ser un político marginal y a principios del milenio logró pasar a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales francesas. Por entonces, el GRECE seguía convocando seminarios, como «nueva derecha», pero buena parte de sus cuadros se habían integrado espontáneamente en el Front National… protagonizando acto seguido la escisión de los «maigretistas» que, momentáneamente, debilitó a la organización.
El resultado es que, hoy, los herederos de aquel Front National, apenas están influenciados por la «nueva derecha». Así como Benoist evitaba cualquier relación con el Front, Guillaume Faye afrontó de manera mucho más directa un compromiso, no sólo con el «lepenismo», sino también con los grupos identitarios. Mientras, Benoist, hoy, sigue siendo un «divulgador», más o menos brillante. La diferencia entre Benoist y Faye es que el segundo aceptó el choque con la realidad y el compromiso político y personal, mientras que el primero consideró que este compromiso podía ir en detrimento del número de sus lectores.
Y ese proceso no sólo ha ocurrido con Benoist y su entorno más próximo, sino que también se evidenció en Italia a lo largo de los 80, cuando la teorización «metapolítica», ganó a muchos activistas del MSI decepcionados con la política de Giorgio Almirante.
Nosotros, en aquella época, bromeábamos sobre el efecto de la «metapolítica» y la llamábamos «matapolítica». Los que se retiraban de la lucha política con la excusa de realizar una reflexión sobre la doctrina política y las estrategias de comunicación, por regla general, nunca regresaron a la política activa. Se perdieron en cavilaciones intelectuales en las que muchos siguen todavía.
Hoy en 2025, me parece mucho más interesante la «nueva derecha» y la «guerra cultural» se realiza en el ámbito hispano-americano, que la que sigue divulgando Benoist: sus impulsores son mucho más claros en señalar al enemigo, están más próximas a movimientos políticos que operan en esos países y, sobre todo, exteriorizan su desprecio a la «corrección política».
¿Cómo valora el tradicionalismo más purista, de extracción guenoniana? Faye lo acusaba de estar obsesionado con la decadencia y cultivar un «pesimismo desmovilizador sobre el mundo».
No soy partidario de adoptar las tesis de maestros inamovibles e indiscutibles. Reconozco que Julius Evola es el doctrinario que me ha proporcionado una visión del mundo coherente y completa, pero el tiempo pasa y lo escrito hace 60 años (Cabalgar el Tigre) precisaría hoy de una actualización, como también las tesis políticas de Evola se han mostrado siempre inaplicables para un movimiento político que desee participar en la «política real». De Guénon, precisamente, el aspecto más interesante es su reflexión sobre la decadencia. Ahora bien, tienen razón los que acusan al tradicionalista de defender «mitos inmovilizantes».
En realidad, se trata de formas de entender el tradicionalismo: para mí, esta doctrina es aplicable especialmente en dos ámbitos: la necesidad de seguir una «vía personal», una práctica concreta, de carácter tradicional (y aquí las opciones son varias y dependen de cada persona: cristianismo, ortodoxia, budismo, zen) y un análisis global de la realidad de nuestro tiempo (parece claro que tanto Evola como Guénon tenían razón en su diagnóstico: vivimos en una época terminal y decadente, en la que solamente los avances científicos y sus aplicaciones técnicas logran mantener una apariencia de «progreso»).
Todo esto para decir que, en efecto, me declaro tradicionalista, pero… mundano. Estoy en el mundo, vivo en el tiempo que me ha tocado vivir, lamento profundamente el mundo que mi generación ha legado a sus hijos y nietos. Pero a cada generación le ha correspondido vivir en un momento histórico concreto que, por desfavorable que sea, cada uno de sus miembros debe afrontar con dignidad y responsabilidad.
La conclusión es que el tradicionalismo es la visión más justa y precisa de nuestro tiempo; pero «sin obras» (es decir, sin asumir un proceso de construcción interior que no necesariamente debe tener una proyección política) no pasa de ser otra «vanidad de vanidades». El tradicionalismo intelectual es la negación misma de los valores de la tradición: éstos se viven, no se estudian. La puerta de acceso al mundo de la tradición, no está en los libros, sino más bien, ante una pared vacía, meditando. Y hoy, ya no es válida la excusa de que faltan «maestros espirituales». Cualquiera puede acceder a técnicas de meditación con sólo consultar en la red y utilizar su sentido común.
Permítanos la frivolidad, pero a estas alturas es casi una pregunta obligada: ¿cómo le ha parecido que la portada de su panfleto Contra el trabajo, el obrerismo y el capital (1984) se haya convertido en un meme?
Realmente, me sorprendió y fui de los últimos en enterarme. Recordaba haber escrito ese pequeño texto hace como cuarenta años, pero ni siquiera tenía un ejemplar para repasar lo escrito entonces. Lo que uno es capaz de escribir a los treinta, en unas circunstancias personales muy diferentes a las de hoy, suele contrastar, con lo que se escribe y preocupa a los setenta y tantos. Conseguí una copia impresa a través de un grupo mexicano que lo había reeditado y me sorprendió el que mi pensamiento en relación al «trabajo» no hubiera variado mucho desde principios de los 80. Hoy, obviamente, de abordar el mismo tema hubiera sido más cuidadoso con algunas expresiones, me habría extendido algo más en determinadas ideas, habría incorporado temáticas colaterales que me han ido interesando a través de los últimos años (las revoluciones industriales, la actual, las nuevas tecnologías, la robótica, la IA, etc.) e, incluso, creo que la reflexión sobre el trabajo es hoy más adecuada que en los años 80.
En efecto, para el Estado es importante hacer coincidir -como tiende a hacer- la edad de jubilación con la de fallecimiento. Yo sigo creyendo que el «trabajo» es una de las tareas más bajas que pueden realizarse, que existen otras tareas mucho más dignas, ante las que el trabajo es sólo repetición mecánica y en donde ya ha desaparecido la «vía» que desarrollaron los gremios y las corporaciones medievales y apenas queda lugar para la creatividad.
Incluso puedo aceptar a modo de provocación, el título del cuaderno: «la jubilación a los 18 años» que me parece una reivindicación radical, absolutamente antisistema, en un momento en el que la revolución tecnológica de nuestro tiempo está modificando a marchas forzadas el trabajo y sus circunstancias: cada vez más, el protagonismo y la iniciativa en la producción, dejan de estar en manos de los seres humanos que tan sólo, en muchos sectores, se preocupan de que las decisiones y las acciones adoptadas por las máquinas sean las correctas y los algoritmos funcionen como se espera de ellos. Se ha invertido la relación hombre-máquina: cada vez más somos un auxiliar de la máquina, mientras que antes la máquina era un simple apoyo para llegar allí donde nuestras limitaciones físicas no alcanzaban. No es algo negativo en sí mismo.

Lo negativo de la nueva situación vendrá acompañando con la implantación del ya hoy casi imprescindible «salario social»: dar algo a alguien a cambio de nada, «democráticamente». En el fondo, la intención del folleto sobre la jubilación a los 18 años era ironizar sobre la «gracia» que suponía conceder el derecho al voto a los 18 años, en lugar de apostar por una reivindicación mucho más importante: el derecho a practicar alternativas al trabajo (la meditación y la acción) subvencionadas. Y hoy, sigo pensando lo mismo.
Usted ha sabido encarnar tanto al aventurero pasivo como al aventurero activo definidos por Pierre Mac Orlan (véase Breve manual del perfecto aventurero). ¿Continúa reivindicando su militancia de juventud, como lo hizo en la entrevista con Vázquez Montalbán?
Yo fui hijo único y mi padre me tuvo a edad bastante avanzada, lo que implica que fui mimado. Y entre mimo y mimo, me di cuenta de que la vida era una y breve, por tanto, había que transformarla en aventura y vivirla lo más intensamente posible, sin tiempos muertos. Y así la he vivido mientras milité políticamente. Esta claro que todo se paga en esta vida, tanto la aventura como la rutina. No me arrepiento de mi pasado, ni -¿por qué no reconocerlo?- de mis errores en la época. Pero lamentarse de los errores y alardear de las aventuras en países remotos me parece algo fuera de lugar, simple «vanidad de vanidades».
Tal como las concibió Mac Orlan, las «aventuras de salón» que propone, más que aventuras, son recomendaciones para la utilización del tiempo del ocio.
Hoy, la mayor aventura que puedo recomendar a un joven en España es que tenga hijos y los eduque. El decir lo que se piensa -algo que no tengo reparos en hacer a través de Info-krisis– más que una «aventura» es un deber contraído desde el momento en que se ha heredado unos genes que contienen los rasgos de una raza. Porque, en nuestro ámbito cultural europeo, el deber más elevado de un hombre es la verdad. La verdad, siempre. Mi aventura otoñal es, precisamente, aproximarme lo más posible a esa verdad.

