Luis Landeira Caro (Ferrol, España, 1973) es periodista y escritor. Inició su andadura en la escena contracultural de los fanzines de los años noventa. Desde entonces, su trayectoria ha evolucionado hacia la metapolítica y la crítica cultural. Hoy desgrana con nosotros, desde un firme anclaje en el budismo zen y la filosofía perenne, algunas claves de la disolución moderna.
Autores como Mircea Eliade, basados en el estudio de lo sagrado como un concepto que afirma y fundamenta la capacidad subjetiva del espacio y del tiempo, dan por hecho que lo secular moderno es una forma yerma de lo numénico, vaciado de mitos, ritos y un ethos. ¿Es la modernidad en ese sentido la más simple y vacía de las religiones, con un espacio y tiempo aplanado, logístico y sofisticadamente finito?
Más que una religión, diría que la modernidad es una superstición. En ella no hay teología sino idolatría, fe ciega en ídolos de barro como la ciencia, la economía, la tecnología o la democracia; ídolos a los que se atribuye el poder de hacer «progresar» a la humanidad. Esto es ridículo, pues, dado que el cosmos es constante, en él no hay progreso ni retroceso, así que mucho menos puede haberlo en las especies que lo habitan. Sólo cabría hablar de progreso espiritual, pero incluso en el santo es este un progreso inconstante, imponderable, lleno de altibajos. «No hay victoria espiritual que no sea necesario ganar cada día nuevamente», dice un escolio de don Nicolás Gómez Dávila.
Por absurdos y vacuos que sean, la modernidad sí tiene mitos, ritos y símbolos; por ejemplo, el mito de la productividad, el rito del reciclaje, el símbolo del $… En cuanto al ethos, hoy todas las costumbres se han reducido a una: el constante trasteo con el smartphone, un cacharro que ha aplastado los hábitos tradicionales, atrapando al hombre en una pantallita que puede que le conecte con el mundo entero, pero a costa de alejarlo de sí mismo, de su centro. Si toda práctica espiritual se basa en la concentración, el smartphone propicia su antítesis absoluta: la dispersión.
En su ensayo Arqueofuturismo, Guillaume Faye soñó en vano con maridar tecnología y tradición; e incluso Jünger, en Eumeswil (1970), prefiguró internet y los teléfonos inteligentes cuando imaginó el «Luminar»; la diferencia es que tal sistema de información sólo era utilizado por una élite, que lo aprovechaba para aumentar su conocimiento, aunque pagando peaje espiritual. La democratización de la tecnología, por el contrario, ha creado manadas de esclavos idiotizados por las pantallas.

No es mi intención mitificar las culturas tradicionales, que tenían —y, las pocas que sobreviven, aún tienen— sus limitaciones; en ellas también había hombres mundanos, y sólo una minoría participaba activamente del espíritu de la tradición. Pero de alguna manera, la potencia de esa minoría irradiaba hacia todas las cosas. Al menos, el hombre antiguo vivía en una suerte de presente eterno. Esta concepción mística del instante hacía que las vidas cundieran como milenios. Se vivía con intensidad, por eso no había tanta desesperación ante la muerte.
En cualquier caso, debemos asumir que vivimos en el mundo moderno, que aquí y ahora —y muy a pesar de que tratemos de llevar una vida equilibrada, austera, tradicional— somos todos modernos y que la modernidad es un fruto natural de la decadencia. Spengler ya nos advirtió que las civilizaciones nacen, crecen, decaen y mueren. Occidente ha muerto y ya ha entrado en proceso de putrefacción. Sólo nos queda aceptarlo, del mismo modo que aceptamos el envejecimiento y la muerte de nuestro propio cuerpo.
Para Ernst Jünger, vivimos en el tiempo de los titanes, en el cual no hay poesía, alta política ni genio. Un tiempo incluso en donde es imposible emboscarse, puesto que el sentido de la automatización comunicacional, visual, sensorial y organoléptico en general es la cumbre de la enajenación. Es la manifestación de la imposibilidad de la concienciación, lo que Nick Land denotó como aceleracionismo. ¿Considera al aceleracionismo como protoforma del planteamiento de los «titanes venideros» jüngerianos?
Jünger extrae el concepto de «edad de los titanes» de una vieja elegía de Hölderlin. Él lo interpreta como que el poeta debe aletargarse en el mundo moderno, donde los actos eclipsan al pensamiento. Esto implica un dualismo que, a mi juicio, es muy discutible, pues el acto debería ser uno con el pensamiento. Lo que en la tradición zen se conoce como «acción perfecta» se basa en la unidad cuerpo/mente, y puede ser ejecutada por un poeta cuando escribe un haiku, un guerrero cuando mata a un enemigo o un barrendero cuando pasa la escoba. Es un acto en armonía con el Orden Cósmico que transcurre en la eternidad, ajeno al espíritu de los tiempos. También dice Jünger que vivimos en una época más propicia para la técnica que para el espíritu. Y no le falta razón. Pero, tal y como está escrito en los textos sagrados hinduistas, aunque en el Kali-Yuga reinen la oscuridad y la destrucción, el mismo Zeitgeist hace más fácil que un hombre común, si sigue el camino correcto, sea capaz de acceder a cumbres espirituales inaccesibles para hombres comunes de otras épocas. El problema es que esa misma accesibilidad —el gran abanico de caminos que la divulgación masiva desentierra— encierra también el riesgo de perderse en el laberinto.
No he leído a Nick Land, pero el «aceleracionismo» es un concepto relativamente antiguo. Ya Guattari, Deleuze y Marx esperaban que el capitalismo se acabara devorando a sí mismo cuando las fuerzas productivas llegaran a un punto de máxima hipertrofia. Desde otro prisma, Pierre Drieu La Rochelle, como Nietzsche, creía que no vale la pena salvar lo poco que queda de Occidente, y que sería preferible acelerar su caída. Son ideas atractivas, pero profundamente ingenuas, pues presuponen que está en manos del hombre acelerar o desacelerar un ciclo cósmico. Cuesta aceptarlo, pero todo sucede como debe suceder. Es muy presuntuoso pensar que el bicho humano tiene el poder de «salvar el mundo» cuando, como ya comprendió Heidegger, sólo un dios podría salvarnos. No en vano, la última vez que alguien logró intervenir de forma crucial en la historia humana fue Cristo, cuya irrupción supuso una ralentización de la decadencia y la explosión de la Cristiandad, una edad de oro que duraría un milenio. Después, el ciclo de decadencia se reactivó y hoy está tocando fondo.
La gran duda es qué demonios hacer hasta que llegue el Apocalipsis. Jünger propuso arquetipos como el trabajador —capaz de realizar sus potencialidades dentro del aparato industrial y militar del Estado—, el anarca —que, a diferencia del monarca, sólo pretende gobernarse a sí mismo— o el emboscado, que se refugia en el espacio interior y se niega a pasar por el troquel burocrático/electoral.

A Jünger no le fue difícil emboscarse, porque tuvo una iluminación en combate —muriendo y renaciendo gracias al providencial impacto de una bala— y pasó a formar parte de la aristocracia militar alemana, situándose por encima de la mediocridad política que sucedió a la segunda guerra mundial. Pero han pasado tres cuartos de siglo desde que Jünger escribió La emboscadura, el mundo ha degenerado mucho desde entonces y ya no basta con la abstención —que hoy ya es masiva— ni con renunciar a la burocracia, pues la (casi obligatoria) posesión de un smartphone nos somete a un control que ni el tirano más ambicioso del siglo XX habría soñado. Quemado el bosque, hoy el hombre diferenciado debe aprender a camuflarse en la ciudad, a hacerse invisible entre las masas multicolores. Como le dijo un padre del desierto a uno de sus discípulos: «Vete a una gran urbe, vive entre la multitud y compórtate como un hombre que no existe. Tendrás así la paz soberana».
Partiendo de la tesis de Georges Dumézil sobre la soberanía bipartita (el flamen y el rex), ¿cómo evalúa usted la divergencia entre René Guénon y Julius Evola respecto a la primacía de estas funciones bajo el sistema de castas? ¿De cuál de estos intérpretes de la Tradición (a ninguno de los dos cabe llamarlo «autor») se siente más cerca?
En la tradición indoeuropea ya existía, en efecto, un binomio dialéctico: un soberano mágico (creador) y un soberano jurídico (organizador). La transposición de este binomio a Roma fue, por un lado, un guerrero (Rómulo), y, por otro, un sabio (Numa Pompilio). Ambos fueron necesarios para sentar los cimientos de la civilización romana: mientras Rómulo fundó la ciudad y sus instituciones militares, Numa levantó templos y asentó la paz.
Guénon y Evola me parecen dos intérpretes de la tradición igualmente valiosos, pues, a pesar de ciertos errores, sus textos son atlas para conocer los mundos tradicionales y sobrevivir al mundo moderno. Guénon respetaba el sistema de castas original, que situaba en la cúspide a los brahmanes (sacerdotes, gurús) y después a los kshatriyas (guerreros, reyes), seguidos de los vaishias (agricultores, comerciantes) y, finalmente, los shudrás (artesanos, sirvientes). Esta clasificación parte del texto en sánscrito Rig Veda, donde se habla de un ser primordial que está constituido por las cuatro castas, y viene a ser la personificación del Orden Cósmico Fundamental, que parte de que la Verdad es sólo una y los hombres están jerarquizados por su grado de proximidad a Ella.
Evola, hombre de acción y animal metapolítico, reivindica el poder de los kshatriyas, un tipo humano al que él mismo se adhiere por su propia cosmovisión y por fidelidad a Roma, cuyo imperium considera un modelo ejemplar. En este sentido, Evola vio a este tipo humano como el más adecuado para gobernar en un momento histórico marcado por la regresión de las castas. Y para esto sería preciso, al menos, una fusión del poder guerrero con la autoridad espiritual, que él proyecta en el arquetipo del Rex pontifex y el ideal gibelino.
Guénon cometió un error al considerar el budismo una herejía respecto a la tradición hindú porque negaba la autoridad de los Vedas y la estructura social de las castas. Posteriormente, gracias a la intercesión de Ananda Coomaraswamy y otros perennialistas, reconoció que se había equivocado y que el budismo posee una profundidad metafísica que él no había percibido. Evola no cayó en este error porque, en su juventud, un texto del Canon Pali le salvó el pellejo, cosa que le empujó a estudiar el budismo en profundidad. En su libro La doctrina del despertar, Evola defiende la postura del príncipe Shakyamuni Buda, guerrero que encabezó una revuelta contra la casta brahmánica, que había perdido su dignidad espiritual en aras de un formalismo estéril. Cuando el budismo permitió que incluso miembros de las castas inferiores alcanzaran la iluminación, demostró que la sangre del espíritu puede residir en cualquier lugar, y que una vez que un individuo alcanza ese estado superior, se convierte en parte de una aristocracia espiritual, trascendiendo cualquier estructura de casta mundana.
Si los conatos modernos de restituir las castas han fracasado es porque la modernidad es antimateria de la Tradición, y ha cortado toda continuidad iniciática. Ni siquiera sería posible retomar el modelo occidental del Medievo —tan añorado por Guénon y Evola—, cuyo orden emulaba en cierto modo al de las castas: nobleza guerrera, clero y pueblo llano. La Edad Media fue todavía una época de ora et labora, donde el artesano podía ser santo. En la mayor parte de los trabajos modernos resulta más difícil elevarse hacia un estado superior. En primer lugar, por el problema de la tecnificación; en segundo lugar, porque el hombre moderno suele carecer de filiación tradicional y, en consecuencia, está reducido a funciones meramente animales; y en tercer lugar porque su alienación laboral es un serio obstáculo para cumplir las máximas fundamentales de Delfos: «Conócete a ti mismo» y «conviértete en lo que eres».

En la actualidad, en el Occidente moderno, es ridícula cualquier sombra de esperanza de restaurar un sistema mínimamente ordenado. En poco tiempo, se ha pasado de una sociedad jerárquica basada en valores espirituales y guerreros a una sociedad «democrática» dominada por el mercantilismo y el racionalismo. El igualitarismo es la apoteosis de desorden: hoy todo el mundo puede ser cualquier cosa y, en el fondo, nadie es nada. La modernidad mata a Dios y sienta en su trono al más vulgar homúnculo. Tras la regresión de las castas, gobiernan hombres espiritualmente inferiores, cuya falta de escrúpulos les permite engañar a las masas y pactar con élites financieras de raíz satánica. La única salida a esta situación sería un fuerte cataclismo —quizá personificado en la figura de un Dios de la Guerra, una reencarnación extrema de Ungern Kan— que erradicara a dichas élites de la faz de la tierra, y junto a ellas a todo vestigio del mundo moderno. Tras ese borrón-y-cuenta-nueva sería cuestión de tiempo que se formara una auténtica élite: una élite espiritual.
¿Qué posición puede asumir alguien frente a la realidad de lo real actual? ¿Lucha manifiesta (como en el caso del Unabomber) o pathos distante y acerado (como con Mishima)? Es necesario plantearse públicamente el sentido de lo definitivo y fatal, cual sea el significado de ello.
A grandes rasgos no hay tanta diferencia entre Unabomber y Mishima: cada uno luchó contra el mundo moderno como buenamente pudo, uno con bombas y el otro con espadas. Lo que los diferencia, de entrada, es su lugar de procedencia: Unabomber nace en el corazón de la modernidad, en los Estados Unidos, un país sin tradición —construido, de hecho, sobre la destrucción de la sagrada tradición nativa—, y Mishima nace en un país como Japón, que a pesar de su desarrollo tecnológico y su derrota bélica, conservaba elementos tradicionales mediante «la estrategia de lo invisible», gracias a la cual atesoró gran parte de su esencia en todo aquello que no se ve.

Pero, si somos serios, debemos reconocer que ambos influyeron muy poco en el devenir de la historia: Unabomber no consiguió frenar ni un instante el rodillo tecnológico y Mishima no logró restaurar el Japón imperial. Sin embargo, sus actos son valiosos en sí mismos, son acciones perfectas, «sacrificios» en el sentido etimológico de la palabra: «hacer sacro». La gran diferencia es de índole espiritual: Unabomber era un lobo solitario, y por muy fascinante que sea su manifiesto y su lucha armada contra representantes del sistema tecnológico-industrial, no dejaba de ser una suerte de terrorismo unicelular que sólo logró cierto impacto en la cultura popular. Mishima, por el contrario, no actuaba solo, sino con su propio ejército y en nombre de la Tradición, y ahí radica su gran valor, que va mucho más allá de estudiar y emular a los samuráis y tratar de dar un golpe de estado. A nivel espiritual, el seppuku [suicidio ritual por desentrañamiento] de Mishima fue profundamente catártico, y supuso una revancha descomunal frente a las humillaciones de Hiroshima y Nagasaki. Porque, como dice el código Bushido, «mientras exista el seppuku, el Japón eterno vivirá».
En su etimología latina, divulgar remite a «extender entre el vulgo» , esto es, hacer llegar un conocimiento desde el ámbito restringido hasta el ámbito general. Sin embargo, esa misma raíz —vulgus— también dio origen al sentido despectivo actual de «vulgar», entendido como trivial o rebajado.
Dentro del fino equilibrio entre lo accesible y lo elevado, ¿cómo consigue evitar aquel que divulga que su labor derive en vulgarización? Su perspectiva nos resulta particularmente valiosa, porque sus cuentas en redes sociales —sobre todo la de X— son un ejemplo muy cuidado de curaduría, donde selecciona citas de grandes pensadores y las que acompaña con imágenes evocadoras. Algo muy alejado de quienes se limitan al mero exhibicionismo intelectual de tirar nombres y compartir capturas de PDF.
Divulgar viene a ser rebajar o descafeinar un conocimiento para adaptarlo al consumo bovino de las masas. Y es lo que se viene haciendo en Occidente en los últimos tiempos, cuando lo suyo sería lograr que cierto tipo de hombres, con cierta predisposición, se eleven hacia la verdad. Dicho esto, mi cuenta de X [@luislandeira] viene a ser un cuaderno de notas, en el que, amén de mis textos personales, voy depositando palabras pertenecientes a la sabiduría perenne, extraídas de libros sagrados o enunciadas por pensadores y no-pensadores —da igual que sean místicos o iniciados, escritores o músicos, poetas o criminales, famosos o mindundis— que pueden servir como pistas para buscar el propio camino, ya sea en el mundo ordinario o en la Tradición. Son frases que a mí me han producido pequeñas metanoias, chispazos, revelaciones, pero que no tienen que provocar el mismo efecto en todo el mundo; de hecho, dejo los comentarios abiertos, pues considero que toda palabra es discutible y sólo el silencio es Verdad. Como bodhisattva, mi único objetivo es despejar las nubes y facilitar el camino hacia el sol.

En cuanto a las imágenes, quizá son deformación profesional. Durante años trabajé en revistas de papel couché, donde la imagen tenía más importancia que el texto. En esos medios, mi labor no sólo consistía en escribir, sino también en realizar y seleccionar imágenes. Mi cuenta de X nace porque, tras la práctica intensiva de zazen, tuve una revelación en el que percibí la trama del Orden Cósmico y comprendí que todos los caminos llevan a Dios. Entre otros milagros, se desenterró mi raíz católica: de golpe y porrazo, descubrí siglos de arte sagrado, que añadí a la cultura popular que ya poseía, por eso también utilizo material más reciente para ilustrar, desde viñetas de tebeos hasta fotogramas de películas.
Pero no me engaño: mi labor en X no es mucho más importante que la de una cuenta de memes y hay en ella una alta intervención del ego, de mostrar al mundo lo que uno sabe o, más bien, lo que ha leído. Al final, todo es vanidad.
Cuéntenos brevemente sobre su paso por el mundo de los fanzines y la escena punk. Según entendemos, fue en esa época que tuvo un rol en la popularización de la palabra «bizarro», pero no en su acepción típica de valiente u osado, sino mas bien en su significado francés o inglés de «extraño» y «fuera de lo común».
Lo bizarro viene, efectivamente, de bizarre, y fue el objeto de estudio de Mondo Brutto, un fanzine en el que intervine —o quizá sería más apropiado decir que «milité»— durante la década de 1990. Escribir, ilustrar, diseñar, distribuir y defender una revista independiente de papel que hacíamos entre cuatro amigos —más algún colaborador— fue mi verdadera universidad, y en ella aprendí mucho más que durante mis estudios de Periodismo en el CEU. Yo quería escribir de forma libre, agresiva y burlona sobre temas oscuros e intocables, y eso no se aprende en ninguna universidad. Sentía ya una irresistible atracción por el conocimiento oculto. En aquel tiempo, Aleister Crowley era nuestro mesías: hacíamos nuestra voluntad y caminábamos por la vía de la mano izquierda.
Si aceptamos, como Frithjof Schuon o Rama P. Coomaraswamy, que en el cristianismo hay un esoterismo gradual, yo ya había sido iniciado en la tradición católica a través de los sacramentos del bautismo, la comunión y la confirmación. En esa época me alejé de la Iglesia y me embarqué en ritos paganos y viajes químicos. Sin embargo, más o menos enterrada, mi raíz católica siempre ha estado presente.

Mi vinculación al citado fanzine y a la escena alternativa de la época supuso una gran escuela, tanto en el campo profesional —pues del fanzine acabaría saltando a revistas internacionales— como en el esotérico, ya que gracias al fanzine conocí a personajes como Fernando Márquez El Zurdo o Fernando Sánchez Dragó, y en ese entorno tomé contacto con cierta persona vinculada a los mundos tradicionales que me empujó a iniciarme en el zen. Diría que en su momento fue tan instructivo para mí el punk como hoy lo es el zen. Y sigo estando abierto a todo tipo de enseñanza. Como se dice en el Avadhût Gita, «al que no está maduro, el crédulo, el insensato, el lento, el laico y el caído, no los consideres como si no hubiese nada bueno en ellos. Todos enseñan algo».
Los buenos libros tienen algo de iniciático y, en realidad, escogen a sus lectores más de lo que son escogidos. A pesar de ello, y como es costumbre en la revista, quisiéramos que nos hiciera alguna recomendación bibliográfica que considere indispensable.
Esta es una pregunta difícil, no porque existan muchos libros, sino porque hay muy pocos dignos de ser leídos. Estudiar a los clásicos de forma profunda y atenta bastaría para saber lo que hay que saber. Un español debería leer El Quijote, un europeo La Ilíada, y un ser humano, la Biblia, el Corán, la Bhagavad Gîtâ… Pero existen otros libros valiosos, más específicos, que pueden ser utilizados como muletas temporales. Lo de acumular grandes bibliotecas está bien para escritores e intelectuales, pero no para alguien que pretende alcanzar un conocimiento superior, más allá de las palabras. Más bien, aquel que busque la verdad debe tener mucho cuidado con lo que lee, y escoger textos que purifiquen el alma y no supongan un obstáculo para la liberación.

Por eso, voy a recomendar un volumen que está siempre en mi mesilla de noche y he releído una y mil veces: El libro del consuelo divino, escrito por el Maestro Eckhart en 1311, y dirigida en principio a la élite germana medieval. En este singular opúsculo, el místico renano recuerda verdades eternas, cita a sabios —tanto cristianos como paganos— y activa en el lector mecanismos internos que le ayudan a centrarse en el acto interior y permanecer sereno en la adversidad. Es un libro corto pero intenso, que puede ser muy útil en esta época oscura, para transmutar el fango de los tiempos en ese oro que es la virtud espiritual. Hay en él, concretamente, una frase que llevo años rumiando como si fuera un kôan: «Un hombre bueno debe confiar en Dios».

