Explorando la frontera entre la computación y el alma, con Alberto Castillo Vicci

Cuando Alberto Castillo Vicci (1938) tenía 20 años, aprendió a programar en el primer computador IBM 650 de Venezuela y Latinoamérica. Comprendió de inmediato que existía una analogía directa entre la computación y la cognición humana, lo cual le impulsaría hacia una prolífica vida académica, profesional y literaria que circundó constantemente alrededor de la inteligencia artificial y filosofía de la ciencia. En El Vórtice tuvimos el honor de conversar con este singular científico de la computación (Universidad de Wisconsin), con maestría en Inteligencia Artificial (Universidad Simón Bolívar) y doctorado honoris causa (Universidad Yacambú). Con un pie en lo tecnológico, sin embargo, no se ha eximido de reflexionar sobre la dimensión espiritual del ser humano, pues comprende que la totalidad de nuestra dimensión antropológica no es computable. Justamente, ese es el matiz de Castillo Vicci que exploramos en esta entrevista.

A tus 20 años ya querías ser un «ingeniero filosófico», tal y como lo mencionas en tus crónicas autobiográficas. Considerando el contexto de aquella Venezuela de 1958, es probable que te sintieras muy incomprendido por familiares, amigos y colegas. ¿Cómo sobrellevaste la carga de ser así de diferente, tal vez como el «loco» de la familia? ¿Qué consejo le darías a los jóvenes tecnocientíficos de hoy que también manifiestan fuertes inclinaciones humanísticas?

En 1959, el científico británico y excelente escritor reconocido, C.P. Snow, publicó un ensayo titulado Las dos culturas, que resultó ser un best seller mundial, donde mostraba lo dañino que era para la humanidad el divorcio entre la tecnociencia y las humanidades. Yo recomiendo su lectura a los jóvenes tecnocientíficos con inclinaciones humanísticas, pues en ese texto encontrarán respuestas a sus inquietudes como yo encontré las mías; sobre todo cuando dejé los estudios de economía en el cuarto año de la carrera (amigos, familiares y colegas me llamaron chiflado) por una beca a EE. UU. que me permitió estudiar computación. Allí, mis intereses por la ciencia y tecnología eran compatibles con mis preguntas filosóficas, especialmente sobre inteligencia artificial, y pude así ejercer una carrera, ya de casi 65 años, gracias a la fidelidad que tuve conmigo mismo. No le hice caso a los demás. Por eso tomen en serio el consejo del escrito en griego antiguo, a la entrada del Templo de Apolo, donde se le consultaba al Oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo».

En los inicios de tu carrera profesional, trabajaste con importantes científicos argentinos, como Óscar Varsavsky y Carlos Domingo. Ellos traían consigo una visión cibernética sobre Latinoamérica que buscaba apoyarse en la computación para modelar sistemas socioeconómicos. De hecho, Varsavsky te recomendó estudiar econometría, mientras que Domingo trabajó en un modelo socioeconómico del valle de Quíbor, dónde se construía la represa Yacambú. ¿Pudiste conversar con ellos sobre esta perspectiva computacional aplicada? ¿Este enfoque cibernético de simular sociedades y sus recursos con datos prosperó en Venezuela? ¿O más bien la computación y la cibernética venezolana tomaron un camino propio?

No, no tenía la formación intelectual para hacerlo. Yo era un simple operador de la computadora científica 1620 de la IBM. Los acompañaba a tomar café en silencio. Jamás se me ocurrió opinar o preguntar. Pero había un joven de mi edad, el matemático Luis Báez Duarte (QEPD), recién graduado en Caltech, California, y profesor en la Escuela de Ciencias de la UCV, y de quien me hice muy amigo, que sí lo hacía.

Así era Luis, brillante. Él me enseñaba matemáticas en las horas que no había trabajo. Le gustaba enseñar. Su amistad fue muy enriquecedora. Una anécdota curiosa: Luis y yo teníamos a nuestras esposas esperando por nuestros respectivos primogénitos, y los sábados salíamos en su carro a llevarlas a tomar aire limpio por los alrededores de Caracas. En una oportunidad, justo cruzando una curva en una colina, vimos en toda su belleza el valle de Sartanejas, una hacienda, y Luis me dijo: «aquí quedaría hermoso el campus de una nueva universidad». Sus palabras fueron premonitorias.

Luego, ya con su doctorado, fue profesor de matemáticas en la Universidad Simón Bolívar. Y 18 años después, yo recibí el título de magister en computación de las manos del rector Ernesto Mayz Vallenilla, en la vieja casona de la hacienda que terminó siendo sede de la universidad. Fue en esa época que Venezuela estaba tomando su propio camino respecto a la computación y educación tecnológica.

En los años 90, participaste protagónicamente en el desarrollo de la teoría meta-técnica de Ernesto Mayz Vallenilla. Después de una primera investigación y de sus resultados publicados, ¿por qué no se continuó investigando la meta-técnica en el Instituto de Estudios Avanzados (IDEA), o en la academia venezolana en general?

Lo que Mayz descubrió fueron los principios filosóficos de la nanotecnología, que se desarrollan en su libro Fundamentos de la meta-técnica, unos 30 años antes de que la nanotecnología se convirtiera en objeto de inversiones multimillonarias, como las que hace la IBM y otras corporaciones internacionales.

Sin embargo, la comunidad filosófica de Venezuela y del mundo ignoró los fundamentos de Mayz. Hasta un filósofo de la USB, que no recuerdo su nombre, lo señaló de estar hablando de alienígenas, de «hombrecitos verdes». Mayz dijo en una oportunidad que había arado en el mar respecto a la meta-técnica, la cual consideraba su opus magnum. Sólo supe de un filósofo que la tomó muy en serio: Alfredo Vallota.

Me siento muy orgulloso de decir que fue por mi gestión que, desde la Unidad de Investigación en Inteligencia Artificial que creamos en 1993 en el Decanato de Ciencias de la UCLA (Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado), Alfredo, el matemático Douglas Jiménez y yo intentamos descubrir cuál era la metá-tecnica de la computación, buscándola en la computación cuántica.

Pero la matemática, la lógica matricial que lo prometía, no lo logró. Hasta el año 2011 no tuvimos la matemática adecuada. Fue gracias al doctor Ennodio Torres, que nos puso en la pista con la lógica borrosa, y a los descubrimientos del lógico polaco, Jaroslaw Pykacz, que dimos con esa matemática. Yo recojo todas estas ideas en mi libro Filosofía y matemáticas de la metá-técnica.

Pero Mayz falleció en 2015 y no conoció estos resultados, pues no los publiqué sino hasta el 2018, cuando logré aplicar la lógica borrosa que me enseñó el Dr. Torres más la de Pykacz a la ontología de Popper.

En varias ocasiones has planteado a la nanotecnología como instrumento que posibilitaría una auténtica alteridad meta-técnica, a partir de la cual podríamos realizar experimentos epistemológicos. Incluso trasladar las percepciones de aquella alteridad meta-técnica a nuestra razón técnica antropológica y antropocéntrica. El mundo cuántico sería aquí un laboratorio natural, involuntario. Pero, por ejemplo, ¿no sería posible hacerlo también con la epísteme de otras especies animales, desde la zoología? En todo caso, ¿cuáles ventajas tendría la nanotecnología sobre otros métodos para comprender otras experiencias meta-técnicas?

La mecánica cuántica en que se fundamenta la nanotecnología es la más avanzada teoría científica que tenemos hasta hoy. Pero, como dijo unos de sus más conspicuos divulgadores y padre de la computación cuántica, Richard Feynman: «quién diga que entendió la teoría de la física cuántica es porque no la ha entendido». Hay paradojas, como la del gato de Schrödinger o el amigo de Wigner, sobre las que hoy se están haciendo experimentos que pueden cambiar nuestros paradigmas científicos y filosóficos de la alteridad.

Creo que la computación cuántica, unida a la IA, va a cambiar totalmente el mundo en el que nos hemos acostumbrado a vivir. El problema epistémico con su uso en animales o seres humanos será de total relevancia en los próximos años. El Papa León XIV lo ha visto muy claro y está llamando al mundo a su consideración.

Más aún, en mi novela Proyecto Tánato me valgo de la ciencia ficción para subir la apuesta. Ahí propongo como argumento a un científico que desea averiguar si es posible comunicarse con los muertos a través de medios no-espiritistas. Entonces, la premisa es que si la realidad humana es una combinación de alma y cuerpo, entonces el cuerpo puede sustituirse por un computador cuántico y el alma ajustarse a este nuevo cuerpo, comunicando así los vivos con los muertos.

El gobierno de Albania ha desarrollado una inteligencia artificial humanizada, una mujer virtual llamada Diella, la cual ha sido designada como ministra. Inevitablemente, esto recuerda a tu obra Ciberpresidente, en la que un presidente virtual, generado con inteligencia artificial, hipnotiza a poblaciones enteras y las instrumentaliza para vulnerar sistemas informáticos.

En esta historia, la solución para acabar la carrera armamentística y el despilfarro global de recursos se consigue a través de una sociedad híper vigilada, en el sentido de que cada país tendría un computador cuántico capaz de vulnerar los sistemas informáticos de cualquier amenaza, interna o externa. ¿Realmente el camino hacia la paz y el uso racional de los recursos sería sostenible desde la hipervigilancia? ¿Es mejor equivocarnos siendo libres o prosperar coaccionados?

En mi novela Ciberpresidente no hice otra cosa que sugerir una especie de policía mundial preventiva. «Si pretendes hacer esto te haremos lo otro», tal como fue la política de terror de la Guerra Fría: «si me destruyes, tengo cómo destruirte diez veces más».

Esta novela fue premonitoria. Se publicó en el 2012, en Boston, por Cambrigde Brick House. Ahí planteo la organización de una suerte de policía mundial, apoyada en computadores cuánticos, para que, en el caso de que un país quiera volver a armarse modernamente, no pueda usar ningún sistema cibernético en que apoyarse sin que las Naciones Unidas lo neutralice primero usando dichos computadores. Al fin, parece que la humanidad entera alcanzaría una utopía de paz, a través de la anulación multilateral de las tensiones. Un juego de suma cero. Es lo que implicaría la hipervigilancia informática como medio coercitivo.

Tu obra de vida muestra qué has promovido e incursionado en la docencia universitaria, así como en la informática y teoría de sistemas, filosofía de la técnica, teoría del conocimiento, políticas públicas de ciencia y tecnología, apuntes teológicos, teoría meta-técnica y literatura de ciencia ficción. De toda tu obra, ¿cuál consideras ha sido tu legado más preciado? ¿Cuál de tus trabajos te gustaría que continuase en el futuro?

La creación de nuevas carreras. Quince proyectos universitarios que han graduado a unos 68 mil estudiantes egresados y en curso, en los que mi participación ha sido muy útil. Lo considero como de caridad cristiana. Jesús dijo: «Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero y me dieron alojamiento; necesité ropa y me vistieron; estuve enfermo y me atendieron; estuve en la cárcel y me visitaron». Yo lo hecho dándole de conocer a quién tenía ansias de aprender. Creo que esta es la forma en que cumplo ese precepto: creando oportunidades para aprender.

Como cristiano y católico convencido, ¿no has pensado en la posibilidad de que los milagros de Jesús sean explicables desde la mecánica cuántica? Caminar sobre las aguas, devolver la vista a los ciegos, multiplicar los panes y el vino, la bilocación del cuerpo resucitado, su aparición y desaparición repentina… Todo ello parece un entendimiento y dominio muy sofisticado de la materia. Sin menoscabo del alma y de su dimensión espiritual, ¿la resurrección de los muertos no sería la manifestación de poder de una última física por descubrir?

La Iglesia católica enseña que la ciencia no contradice la fe. Pero, hay que entender que nunca podremos saberlo todo pues existe el misterio. Misterio que la fe acepta. Los católicos tenemos la certeza de nuestra fe en la resurrección de Cristo. Como lo señaló San Pablo, si Jesús no resucitó, nuestra fe es incierta. La fe acepta que siempre habrá misterios que nuestra razón humana nunca logrará explicar, aunque alcancemos mucho con una disposición de razón abierta.

El Papa Benedicto XVI acuñó el término «razón abierta» de esta manera: se trata de una razón que busca la verdad abarcando la totalidad de la realidad y superando las limitaciones de una razón puramente instrumental o ideológica. Así promovemos la cooperación entre razón y fe, la integración de diversos saberes (como la teología y la filosofía), y la formación de una universidad que sirva al bien común y a la búsqueda de sentido.

En tal búsqueda de esta razón abierta, hasta donde la podemos avizorar como de caridad cristiana, he escrito varios ensayos. Actualmente, he buscado las bases de una fe alimentada en nuestro conocimiento, donde la mecánica cuántica la sustente, como explico en mi ensayo Fe y Razón en el conocimiento humano.

En esas meditaciones explico que la separación entre fe y razón, lo cual denominó paradigma kantiano, se fundamenta en la física clásica newtoniana. En dicho paradigma no hay cabida para la mente ni para el observador en la influencia que ejercen en los resultados de un experimento dado. Pero esto fue sustituido en sus más básicos elementos por la física cuántica, ya desde inicios del siglo XX.

En la física cuántica, la mente del observador es parte de la realidad e influye en los resultados de la observación experimental. El objetivo de mi ensayo es refutar el paradigma kantiano. Lo intento mediante una prueba científica experimentable basada en los adelantos de un nuevo logos en la filosofía informacional (procesos de información) y en una nueva interpretación lógica de la mecánica cuántica. Quiero demostrar que los significados de nuestros sistemas de creencias, expresados en lenguajes de fe como de razón, son igualmente subjetivos. Es decir, dependen de nuestros conocimientos. Y si unos tienen significados verificables, también lo tienen los otros.

De tal modo que no descarto, después de todo, examinar la cristología desde un enfoque de razón abierta, basado en la filosofía informacional y actualizado a la luz de los últimos avances de la mecánica cuántica.

El principio antrópico, la participación y dualismo en la teoría cuántica, la complejidad-conciencia creciente, entre otros principios, son modelos de devenir. Son analogías que intentan explicar el desarrollo y evolución de los entes, tanto materiales como no-materiales. Son los fundamentos de lo que planteas como teoría psicofísica, la cual propone una explicación alternativa del todo.

Esta propuesta psicofísica, que ya sería metafísica en su sentido filosófico, se relacionaría no sólo con la mecánica cuántica, sino también, íntimamente, con la filosofía informacional, pues todos los fenómenos descritos por los principios mencionados pueden modelarse como procesos de información.


Sin embargo, rescatas de esta búsqueda por el todo, de esta suerte de integracionismo fenomenológico, un sentido místico de la vida. Una espiritualidad emergente. Entonces, ¿esconde la filosofía informacional, en tanto metafísica, un sentido esotérico para quien pueda verlo? ¿Sería la mecánica cuántica un vehículo inesperado para transitar a través de principios perennes y finalmente llegar a Dios?

Fíjate, gracias al principio de indeterminación o incertidumbre sabemos que las respuestas que nos da la naturaleza dependen de las preguntas que le hagamos, haciéndonos participantes y no simples observadores externos a ella. La posición (o momento) de un objeto sólo adquiere significado útil a través de la participación de un observador. Y con el teorema de Bell sabemos que la validez general de las predicciones de la teoría cuántica demanda conexiones fuertes no-locales que se extienden sobre distancias macroscópicas. Esto quiere decir que, a niveles cuánticos, el universo está unificado, es uno solo. Valiéndonos de la metáfora de Russell: el universo es una jalea y no un montón de perdigones.

Por otro lado. la ontología monista de la mecánica clásica es reemplazada en la mecánica cuántica por una ontología consistente en dos clases de entes. Uno de esos entes es análogo a la materia de la mecánica clásica. Es la parte determinista de la naturaleza, cuyo comportamiento es gobernado por una función de onda. Se caracteriza porque sus propiedades son explicadas por las de sus componentes en su evolución temporal. Según solo esto, podríamos decir que la consciencia es un producto emergente.

Pero esa sería la mitad de la historia en el mundo cuántico. Aquí, en lo cuántico, es necesario un segundo componente ontológico, el componente que realiza la selección entre experiencias posibles. Es un selector que actualiza las potencialidades de la materia. Es el «yo» o «psique» que agrega la teoría cuántica, en una teoría del mundo más completa y explicativa de la realidad a la luz de la física de hoy.

Conjugando todo, la complejidad algorítmica de la realidad, intratable por medios computacionales, es despachada por el cerebro porque sus estados cuánticos superpuestos son esenciales a los pensamientos conscientes que captan de manera holística la realidad. Propongo que estos estados conscientes tienen acceso a la verdadera naturaleza de las cosas. La naturaleza puede ser conocida por el pensamiento puro. En el cerebro se interrelacionarían los tres mundos de la realidad: el mundo de lo físico, empezando por el propio cerebro; el mundo de la conciencia, que interpreta la realidad; y el mundo de las ideas, captado por la conciencia.

Esto lo explico con más detalle en mi ensayo Ciencia y Misticismo… Hoy. Pero debo advertir que llego solamente hasta las puertas de lo iniciático. En contraposición a las corrientes de pensamiento cientificistas e intuicionistas (como las de Henri Bergson, Nikolai Losky, Simon Frank, Nicolás Berdiaev), abogo por una teoría ecléctica, llamada psicofísica, que persigue integrar mente y materia.

Salvador Suniaga Hernández
Salvador Suniaga Hernández