«Yo sé que buscan ustedes la explicación de este enigma del Nuevo Mundo/ Y que definen a América, su atlética Democracia;/ Pues bien; yo les envío mis poemas para que ellos vean lo que quieren aprender».
— To foreign lands, W. Whitman.
No es menor el hecho, en el mundo de las resignificaciones sublunares, que el poeta representativo de los Estados Unidos al cantar[se] a sí mismo pronuncie «la palabra democracia, la palabra Masa». La inspiración política del dictum de Lincoln “Of the People, By the People, For the People” fue transmutada poéticamente por Whitman, como si los poderes políticos y poéticos coincidieran en el indisoluble e ignoto estado de la creación, los borbollones centrifugados del entusiasmo.
Concordando con Whitman, los Estados Unidos de Norteamérica pueden ser denotados bajo el advenimiento de lo particularmente moderno consistente en la indistinción fáctica y gnoseológica entre individuo y masa. Es un hecho que hace notar Hannah Arendt en su conversación de 1973 con Roger Errera, a propósito del significado de la constitución. Para la mentalidad europea, la constitución es un simple papel que puede romperse, modificarse o anularse, sin desmedro de lo esencialmente político; para el estadunidense, la constitución funda y configura el ethos de su ser político —no pudiendo existir lo político sin la constitución—. Haciendo un paralelismo, así como el texto bíblico inicia con «en el principio», de la misma forma la constitución norteamericana inicia con “We the People”, mostrando que «el pueblo» es la imagen fantástica —suerte de idea numénica1— sobre la que se proyecta todo norteamericano.2
Lo anterior es lo que debemos entender por la axiomática de los Estados Unidos como sociedad. Sin embargo, el acutísimo Henry Kissinger hace notar que en el fondo la sociedad norteamericana se desagarra y responde, constitutivamente, a una contradicción: «la mejor forma en que los Estados Unidos sirven a sus valores es perfeccionando la democracia en el interior, actuando así como faro para el resto de la humanidad; […] los valores de la nación le imponen la obligación de hacer cruzada por ellos en todo el mundo».
De este modo, es patente que la nación norteamericana debe ser entendida en su actuación política, intrínseca y extrínsecamente, bajo la forma del imperio, sosteniendo y extendiendo su potencia, su ser soberano, frente a y con independencia de otros Estados. Así lo expresó el ex Secretario de Estado: «los imperios no tienen ningún interés en operar dentro de un sistema internacional; aspiran a ser ellos el sistema internacional».
Todo lo expuesto puede sintetizarse diciendo que la promoción de la democracia —the People— es la ideología que cubre y envuelve la afirmación hegemónica de los Estados Unidos como potencia; la democracia es la capa ideológica de legitimidad de su fuerza, de su violencia. Kissinger denota la situación existencial norteamericana como un desgarro de la lógica del imperio por la inserción en el paradigma estatal moderno, oscilando entre el aislacionismo (faro) y el compromiso (cruzado).
Ante todo esto, operando de lo general a lo particular, podríamos preguntarnos, ¿qué se entiende por potencia política y de qué forma es Estados Unidos potencia?
Apoyándonos en los clásicos, Tucídides al describir la crisis del estado de cosas entre las polis-estados, dice que la potencia lacedemónica (vanguardia en la Liga del Peloponeso) era una potencia terrestre, enfrentada a la potencia ateniense (vanguardia en la Liga de Delos), siendo una potencia marítima. Pericles perfila la fortaleza marítima ateniense en el planteamiento general de su estrategia:
«[…] Si atacan nuestro territorio por tierra nosotros les atacaremos por mar. Y la devastación de una parte del Peloponeso no podrá compararse con la del Ática entera. Ellos no podrán obtener otra tierra sin luchar, mientras que nosotros podremos instalarnos fácilmente en las islas y en el continente. Tan decisivo e importante es el imperio del mar».
Con Carl Schmitt de la antedicha descripción se hace un tipo o modelo según el cual existen dos modos de potencia: la potencia terrestre que cae bajo un orden estatal o derecho terrestre y la potencia marítima que cae bajo un orden marítimo o derecho de mar, siendo ambos derechos de suyo diferentes en la juridificación de la propiedad, del sentido del enemigo3, de las limitaciones entre lo político-militar y lo social. Tierra y mar componen una concepción contraria y contradictoria de lo político, en tanto fundamento primero de lo jurídico y lo moral.
La situación existencial de una potencia —base intuitiva y axiomática de toda formulación política concreta—, ya sea terrestre o marítima, lo que podríamos llamar su «talidad», su cualidad de «ser tal», no es una decisión o elección4, un pensamiento fluctuante entre dos opciones. La situación existencial de una potencia se basa en su topología, su posición geográfica en un espacio determinado. El espacio norteamericano, la posibilidad de su proyección, constituyó la aplicación del mismo hacia el oeste, siendo en principio colonias concentradas al este. Los Estados Unidos perfilaron la expansión al oeste como asunto de política interior5, convirtiéndose en una isla en sentido mahaniano6, del Atlántico al Pacífico. Por todo lo cual cobra pleno sentido la idea de la configuración territorial estadunidense según la Doctrina Monroe (1823), el Destino Manifiesto (1845), y las «Esferas de influencia»: los Estados Unidos son el centro unívoco de gravedad, sentido y destino de la distribución territorial americana.

Progreso Americano, de John Gast.
La supremacía marítima de los Estados Unidos estriba por un lado en la analogía que presenta el Mar Caribe como derrota comercial relativa al Canal de Panamá con el Mediterráneo, punto último del movimiento del Levante7, ambos espacios marítimos en que confluye el comercio mundial, y por otro en el dominio que ejerce en el Mar Caribe, dada su cercanía con esta ruta.
Es de notar que toda potencia naval asegura el centro de operaciones o país natal apostando puntos de control claves allende la zona costera. El predominio que Estados Unidos ejerce sobre el Mar Caribe, y por ende, sobre el Canal de Panamá, para Mahan, se sostiene en la desembocadura del Misisipi, logrando el predominio sobre el Golfo de México —hoy Golfo de América—, además de tener islas satélites que garantizan una respuesta concreta a la posibilidad de su despotenciación marítima; caso análogo ocurre con puntos asiáticos, como con Taiwán respecto a China.
Por otra parte, el Estado al ser un concepto de orden territorial, siguiendo a Carl Schmitt, imprime una relación interterritorial encapsulada en el «derecho internacional», o sistema de equilibrio, de cuño eminentemente europeo —el tránsito del universalismo católico a la razón de Estado de Richelieu—. Kissinger nos dice que el orden interestatal basado en el equilibrio es una excepción a la constante histórica de que la ordenación política siempre ha sido imperial:
«[…] Los teóricos del equilibrio del poder nos dan la impresión de que ésta es la forma natural de las relaciones internacionales. De hecho, sólo rara vez han existido sistemas de equilibrio del poder en la historia humana. El continente americano nunca ha conocido uno, ni tampoco el territorio de la China actual desde fines del periodo de los Estados guerreros, hace más de 2000 años. Para la mayor parte de la humanidad y en los más largos periodos de la historia, el imperio ha sido el típico modo de gobierno».
La diferencia política entre las concepciones de los Estados Unidos y Europa, como su objeto de contraste, puede medirse en que los primeros se conciben como un «universo», mientras los segundos como un «pluriverso», de allí la diferencia de los modos en la concepción del espacio: la idea de la política exterior (cooperación/competencia), las asunciones diplomáticas (uniformización); en suma, el orden mundial.
La contradicción constitutiva estadunidense antedicha, aislacionismo/compromiso, es resuelta en la medida en que la intervención del imperio norteamericano en la esfera mundial se hace desde un planteamiento que deja de lado la experiencia histórica europea —y la experiencia histórica en general—, i.e., el equilibrio del poder, afirmándose sobre una base de homogeneización de intereses y perspectivas. En opinión de Kissinger, es el salto de las «rivalidades organizadas» a la «comunidad de poder», a propósito del wilsonismo:
«La conservación de la paz ya no se debería al tradicional cálculo del poder, sino a un consenso universal apoyado por un mecanismo de vigilancia. Una agrupación universal de naciones en gran parte democráticas actuaría como “fideicomiso de paz”, remplazando los viejos sistemas de equilibrio del poder y de alianzas».
«Para institucionalizar este consenso, Wilson propuso la Sociedad de Naciones, institución quintaesencialmente norteamericana. Bajo los auspicios de esta organización mundial, el poder cedería ante la moral, y la fuerza de las armas ante los dictados de la opinión pública».
Siguiendo los planteamientos de Mahan, el poder naval basado en el comercio y protegido por la armada, unido a la ventaja de su situación geográfica respecto a las derrotas comerciales marítimas, garantiza la superioridad fáctica del imperio norteamericano, todo sobre lo cual se sostiene su ideario —los valores morales, para Kissinger—, imposible de sostener y proyectar al mundo en condiciones geográficas distintas.
Lo que parece haber de constitutivo en el imperio norteamericano —democracia, libre mercado, derecho internacional— tiende a ofuscar la motivación investigativa aplicada a hacer su estudio comparativo relativo a la historia general de los imperios, haciendo de Estados Unidos una suerte de fuerza excepcionalísima de la historia8. Los efectos fácticos de Estados Unidos parecen constantes naturales porque se insertan en un período de ebullición cuyas causas superan la existencia misma del país. Su entrada y despliegue en los conflictos del mundo, sobre todo en el contexto de las guerras mundiales, sucedieron según un desfase relativo a Europa: los norteamericanos vitales, jóvenes e idealistas respecto a los experimentados, agotados y cínicos europeos.
El comportamiento de los Estados Unidos como potencia, desnudo de su capa ideológica, queda señalado en que la democracia, libertad, paz, cooperación, sociedad, derechos, y demás signos de este cuño, suelen tener un sentido reinterpretable desde su propia lógica de sentido y conducta, relativo a sus intereses; por esto mismo, la Doctrina Monroe ha sufrido de corolarios e interpretaciones: la América, así, es para los americanos…, para los norteamericanos. La concepción de Theodore Roosevelt nos apoya y esclarece el modo en cómo debe ser percibido este imperio, como lo expresa Kissinger:
«[Para Roosevelt] la vida internacional significaba lucha, y la teoría darviniana de la supervivencia del más apto era mejor guía para la historia que la moral personal. En opinión de Roosevelt, los mansos heredarían la tierra sólo si eran fuertes. Según él, los Estados Unidos no eran una causa, sino una gran nación, potencialmente la más grande».
1 Henry Kissinger, describiendo el universalismo norteamericano, perfila a los Estados Unidos al mismo tiempo como un faro y un cruzado, descripción mimética de lo que fue el catolicismo como religión universal.
2 «Se llega a ser ciudadano de Estados Unidos aceptando simplemente la Constitución. La Constitución, desde el punto de vista francés o alemán no es más que un trozo de papel. Se puede modificar. Pero aquí [en Estados Unidos] es un documento sagrado. Es el recuerdo constante de un acto único y sagrado, la fundación de los Estados Unidos», Hannah Arendt entrevistada por Roger Errera 1973.
3 Enemigo del sujeto político, i.e., un Estado, según el orden terrestre, solo puede ser otro Estado, distinguiendo así lo público (lo político-militar) y privado (lo civil). Para el orden marítimo el enemigo se entiende como todo aquello que pueda ser botín, entrando en esta descripción los buques mercantes. Es usual que la principal estrategia en una guerra marítima sea el ataque al comercio enemigo, no siendo así en la guerra terrestre.
4 Dice Kissinger: «tanto el enfoque norteamericano como el europeo sobre política exterior fueron productos de sus propias circunstancias peculiares. Los norteamericanos habitaban un continente casi desierto, protegido contra las potencias depredadoras por dos vastos océanos, y teniendo por vecinos a países débiles»
5 Es de notar que toda expansión territorial es, sensu stricto, asunto de política exterior.
6 Para Alfred Mahan el criterio natural de determinación del grado de una potencia marítima estriba en la concentración de su poder comercial y militar, i.e., su poder naval, en su mismo territorio costero y en las estancias que sirven para extender los intereses de aquél, llamadas en su lenguaje «colonias». Con el apoderamiento primitivo del Canal de Panamá los EE.UU. pueden ser considerados una isla: territorio cercado por aguas.
7 Según Mahan «la situación de los Estados Unidos, con relación a esta ruta [Canal de Panamá], sería análoga a la de Inglaterra respecto al Canal de la Mancha y análoga también a la que ocupan las Naciones mediterráneas con relación al Canal de Suez».
8 El criterio de catalogación de una fuerza histórica podemos cifrarlo en la permanencia vital, su capacidad de permanecer en la variabilidad de los cambios. La aclaración de la ilusión óptica, producto del ofuscamiento, se hace patente cuando se contrasta a los imperios como fuerzas históricas, como en el caso de China, actual enemigo a la medida del pueblo norteamericano. En China, Zhongguo o Nación del centro, persiste en su fuerza antiquísima el legalismo de Shang Yang en la ordenación actual del Estado.

