El cuélebre y el hombre

Estaba un hombre paseando por la vereda de un río al caer la tarde. Se había alejado del collado donde se encontraban su morada y su pueblo, agobiado por su menesterosa vida con sus cabras, su mijo, la soldadesca y el posadero. Tendido sobre la hierba, apreciaba los aromas deleitosos y desagradables, de las amapolas y del estiércol, herbáceos y animales. Al incorporarse, a lo lejos del río, internándose en el bosque, en lo profundo de un bosque de tejos observó un haz de luz purpúrea posarse desde las alturas sobre una oquedad en el suelo.

Con fascinanción, el hombre caminó cautelosamente hacia esa intrigante madriguera. Volviendo la vista para el suelo quedó contemplando una reja, que le hizo especular acerca de quién sería obra, de hombre o espíritu, de un malhechor que escondiera su botín en medio del bosque o simplemente un espejismo, una alucinación. Se inclinó el hombre para levantar la reja y efectivamente era pesada, de hierro, pero la sentía al tacto, no parecía que sus sentidos le traicionaran. Tras la reja se le presentaba una rústica escala de mano de madera que lo conducía al subsuelo. La escala le congeló las manos, se diría que le habían llevado a aquel agujero desde una gruta en lo alto de una montaña. Al haber descendido la escalera avanzó por un estrecho y oscuro sendero de tierra, sólo iluminado por la escasa luz natural procedente del exterior y, por supuesto, por ese haz de luz que había columbrado desde la distancia. El sendero culminaba en un rosetón vacuo en la tierra desde el que se adivinaba una cueva y le llegaba un olor acre y húmedo.

Accediendo el hombre a la cueva, quedó absolutamente maravillado con lo que sus ojos veían. Desde una grieta en la roca, la misma luz púrpura que lo había traído a ese lugar, y de la que no sabía cómo había llegado ahí, le hacía partícipe de la visión de una gran serpiente alada, de escamas plateadas en las que se reflejaba la luz, que, con ojos casi se diría que humanos, melancólicos, se erguía sobre una charca en el otro extremo de la cueva. La serpiente no le resultó intimidante al hombre, sólo imponente. No se atisbaba amenaza en ella, más bien una cierta atracción inquietante por su aspecto sobrenatural. De pronto, repentinamente, ocurrió algo que el hombre no anticipaba.

– ¡Soy el cuélebre! – bramó la sierpe con alas, ¿quién eres tú y por qué invades mi morada?

– Paseaba por el lado del río y vi una luz a lo lejos, ella me condujo hasta aquí.

– Un hombre como tú puede verse atrapado y consumido por la luz, ¿no lo sabías?

El cuélebre alargó su cuello descomunal y posó su mirada fijamente sobre la del hombre.

– No te haré daño, hombre, pero comprende que no te puedo dejar ir sin satisfacer mis apetitos. Te pediré tres cosasy si fallas en conseguirlas, quedarás sepultado aquí conmigo, pues incluso iré tras de ti y te encontraré.

El hombre se quedó en cogitación durante un breve momento y finalmente le devolvió la mirada al cuélebre.

– Sea lo que dices, serpiente. ¿Cómo puedo liberarme de esta obligación contigo?

– Has de traerme, en días sucesivos, un cántaro de vinagre, pues hace edades que estoy sediento; una res brava, pues hace edades que no pongo mi valor a prueba y por último una manta de lana, pues hace edades que mis escamas sólo prueban la dura superficie de la roca, húmeda y fría.

– Acepto esta tarea que me encomiendas, pero, ¿qué es lo que me espera después de completarla?

– ¡Silencio, hombre! No tientes al destino y ahora parte.

El hombre regresó al bosque y ya había anochecido cuando subió la escala. En su ascenso por el cerro que daba a su casa se preguntó si no habría vivido un mal sueño, pero su temor primordial le sustrajo de esta noción.

Al día siguiente, bajando la ladera, fue a requerirle al posadero una medida de vinagre en un cántaro, lo que al posadero le pareció extraño, puesto que el hombre solía pedirle comida de tanto en cuanto, pero nunca vinagre. Sin embargo, no le pidió explicaciones. Al caer la tarde, el hombre acudió de nuevo a la vereda del río, pero esta vez no vio ninguna luz. No obstante, recorrió el camino hasta el bosque y la oquedad. En esta ocasión, para consternación del hombre, no había ni reja, ni escala, ni sendero subterráneo, solamente un diminuto agujero donde había estado todo aquello. El hombre, compungido, se limitó a depositar el cántaro de vinagre en el agujero, se dio la vuelta y volvió al hogar con cierto temor. Al día siguiente repitió la operación. En lugar de visitar al posadero, le requirió a su vecino que criaba ganado un toro bravo, el más valeroso que tuviera. El ganadero, al que intrigaba la petición del hombre, le inquirió que cómo estaba dispuesto a pagar por un toro semejante. El hombre le dijo que le entregaría dos de sus cabras que más leche daban y sellaron el trato con un apretón de manos. Una vez más, esta vez con las dificultades de tener que lidiar con un animal peligroso, lo guió con paciencia y guardando las distancias, montando en un carro tirado por bueyes hasta el verdor primaveral del sitio de los tejos. Después de alguna penalidad, como una embestida fortuita al carro, estaban allí. De nuevo no encontró rastro del sendero ni la reja y el cántaro de vinagre se había desvanecido. Cuando pensaba que el toro que con mucho empeño había transportado iba a salir corriendo entre la maleza, de repente, un espeso banco de niebla lo cubrió todo y el toro, como el cántaro, también se desvaneció.

De vuelta al collado otra vez, el hombre dejó el carro y los bueyes que le había prestado su vecino el ganadero frente a su establo y se fue a dormir. Aquella noche el hombre soñó con el río. Estaba lleno de serpientes de varios colores. Se despertó con la frente sudurosa.

De los encargos del cuélebre, ya había completado los más difíciles. Ya sólo le restaba conseguir una manta de lana y empezaba a respirar aliviado. Él incluso podía haber improvisado una con lo que tenía a mano, pero decidió pedírsela a un soldado con el que había trabado amistad jugando a las cartas en la posada. La razón era que al soldado le enviaban mantas desde su pueblo, donde, él decía, se tejían las mejores mantas que se pudieran conseguir. Eran mantas de cuadros coloreados, que, según afirmaba, eran tan cálidas que permitían dormir al raso en invierno. Llegada la tarde, el hombre se reunió con el soldado en la posada y le pidió una manta. El soldado le dijo que se la daría a cambio de un jarro de leche. Aunque todo eso al hombre ya le suponía un sacrificio, accedió, pues debía darle cumplimiento a su tarea.

Ya con la manta bajo el brazo, el hombre se encaminó por vez última al bosque. Creía que no volvería a ver la luz púrpura, pero allí estaba y como en su primera visita bajó la escala y vio el rosetón vacío. Allí, al fondo, le esperaba el cuélebre, al que le lanzó la manta.

– ¡Hombre! Me has traído todo lo que pedía y por el contrario no estoy satisfecho. El vinagre era mosto caliente, el toro bravo sólo era un ternero y esta manta no llegaría a calentarme ni la cola.

Súbitamente, el cuélebre salió volando, arrancando toda la roca del techo de la cueva en su trayectoria. Cuanto más se alejaba el cuélebre, más envejecía el hombre. Una vez el cuélebre con sus plateadas escamas se hubo perdido en el cielo nocturno, el hombre se había convertido en un anciano decrépito.

Rodrigo Valentín
Rodrigo Valentín